La audacia de preguntar

El reconocimiento de la ignorancia es la condición sine qua non del arte de preguntar. A la persona humilde no le importa exponer su ignorancia; saber que se ignora algo es el principio de la sabiduría.

Preguntar es una expresión de humildad. Presupone, implícitamente, dos movimientos: primero, admitir que uno no sabe y, segundo, reconocer que el destinatario sabe presumiblemente algo que él ignora. Preguntar es un acto de confianza. Al preguntar, uno parte del suppositum que su interlocutor va a escucharle y que, en caso de saber la respuesta, no le va a engañar. Al desarrollar la pregunta, uno manifiesta su ignorancia respecto, lo cual le expone públicamente. Formularla no garantiza obtener la respuesta adecuada, pero es una clara manifestación de su curiosidad intelectual.

El reconocimiento de la ignorancia, movimiento socrático por definición, es la condición sine qua non del arte de preguntar. Si uno cree que sabe la respuesta, a pesar de no saberla, ya no pregunta y, por consiguiente, permanece en la inopia. Baste con que lo crea. Y ahí está el error. Si, en cambio, cree que puede andar equivocado, formula la pregunta. Este movimiento le puede salvar de la ignorancia. En ocasiones, la pregunta queda censurada en la interioridad, porque uno teme exponerse públicamente y manifestar su ignorancia. Esta autocensura es una expresión de su orgullo, de un amor propio desordenado.

A la persona humilde no le importa exponer su ignorancia a través de la pregunta, no teme la crítica ni la censura de los demás, porque la curiosidad intelectual le puede más. Por eso, la humildad, junto con el afán de saber, son los verdaderos motores del preguntar humano. La conciencia de la ignorancia activa el arte de preguntar. Si uno percibe, con lucidez, su propia ignorancia, sabe que no sabe. Este saber del no saber activa la pregunta que manifiesta el deseo de conocer. En el movimiento de la pregunta late la erótica del conocimiento, la voluntad de conocer la verdad de las cosas. Alcanzarla ya no depende de él, sino de los conocimientos de su destinatario.

La conciencia de la ignorancia es la causa eficiente del preguntar. Esta ignorancia genera inquietud. Esta ausencia de quietud le impulsa a uno a preguntar. El drama irrumpe cuando la ignorancia no genera incomodidad alguna y uno se instala complacido en ella. La tarea del maestro no consiste, únicamente, en tratar de responder a las preguntas de sus discípulos, sino en suscitar nuevas preguntas, en estimular su curiosidad intelectual, de tal modo que sus discípulos se sientan incómodos en su ignorancia y experimenten la erótica del conocimiento. Ahí termina su labor con ellos, pero tendrá que indicarles nuevas rutas y para que puedan saciar su sed de conocimiento en otros ámbitos. Esta inquietud por el saber es el mejor legado que un maestro puede entregar a sus discípulos.

El anhelo de saber

Cuando uno vive instalado en el no saber, sin experimentar ninguna curiosidad intelectual, no cabe otra salida que estimular esta inquietud exógenamente, mediante un maestro que hurgue en ella y active, en el discípulo acomodado, el anhelo de saber. Esta operación es imprescindible en el maestro cuando se halla con un interlocutor que sufre esta apatía por el conocimiento. Esta situación, muy común en muchas instituciones académicas, no es fruto de la arrogancia, tampoco expresión de humildad, sino, simplemente, indiferencia por el saber. Esta indiferencia es, al fin y al cabo, una forma de desprecio.

Saber que se ignora algo es el principio de la sabiduría. La ignorancia es atrevida, porque circula por territorios que desconoce y, por consiguiente, tropieza y sucumbe al ridículo. Para progresar en el conocimiento, uno tiene, en primer lugar, que reconocer su ignorancia y, posteriormente, acercarse a alguien que, supuestamente, sabe algo de la temática en cuestión. Preguntar es saltar al vacío, lanzarse sin red de seguridad, buscando, a ciegas, su complicidad. Por eso, el mismo movimiento de preguntar incluye, además de la humildad, otra excelencia del carácter, nada menor: la audacia.

En el movimiento de la pregunta late la erótica del conocimiento,
la voluntad de conocer

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