Las contrariedades: una ocasión
La adversidad llega sin aviso y nos complica la existencia. Quisiéramos evitarla, desearíamos poder esquivarla, pero cuando hace acto de presencia en el propio itinerario, no hay más remedio que afrontarla.
Las contrariedades son un don que llegan sin esperar, sin haberlas deseado, sin consulta previa. No son bien recibidas, ni anheladas con el corazón y, de hecho, a poco que pudiéramos, las esquivaríamos, pero cuando llegan no se puede hacer ver que no están. Las contrariedades son gratuitas, aunque a veces son consecuencia del propio modo de vivir. No todo lo negativo es obra del azar y de la necesidad. Existen estilos de vida que generan adversidades de todo tipo, tanto en el orden de la salud como de la vida social. La soledad, por ejemplo, es una contrariedad, cuando no es esperada, ni deseada, pero muy a menudo puede ser la consecuencia de un modo de vivir y de relacionarse con los demás. La enfermedad no es buscada, ni bien recibida, pero muy habitualmente es consecuencia de los malos hábitos alimenticios, de los malos estilos de vida. Es difícil darse cuenta de que la adversidad es un don. De entrada, no es placentera, ni buscada. La primera reacción frente a la contrariedad es la revuelta, la indignación, incluso, la desesperación. A veces, esta primera fase se alarga mucho en el tiempo y nos vacía de fuerzas creativas para hacerle frente.
La adversidad llega sin aviso y nos complica la existencia. Quisiéramos evitarla, desearíamos poder esquivarla, pero cuando hace acto de presencia en el propio itinerario, no hay más remedio que afrontarla. Es un obstáculo, pero también es don, porque es una ocasión para crecer, para estimular la inteligencia. Los sabios de la Antigüedad nos enseñan a descubrir el lado educativo de las contrariedades, lo que podemos aprender de ellas. Ovidio, por ejemplo, afirma que “a menudo los males mueven el ingenio”, y Horacio dice que “la adversidad suele revelar el talento, mientras que la prosperidad lo suele esconder”. Mientras todo va bien, mientras todo ocurre tal como habíamos planificado, no es necesario esforzarse, ni afilar el ingenio, pero cuando las contrariedades llegan y todo lo que estaba pensado, calculado y estipulado es desordenada, no tenemos otro remedio que trabajar el sentido crítico y potenciar la imaginación. La contrariedad se convierte entonces en una ocasión, en un pretexto para desarrollar habilidades escondidas, recursos que estaban allí, escondidos dentro del estuche del propio ser. No es posible realizar un cuadro completo de las contrariedades de vivir, porque la vida es mucho más rica y compleja que cualquier esquema mental. Hay, eso sí, contrariedades de grandes dimensiones que, en lugar de potenciar el ingenio y la imaginación, paralizan la mente y saturan el sentido crítico. Hay, en cambio, pequeñas contrariedades que catalizan la inteligencia porque se parte de la base de que es posible hacerle frente y vencerlas. Las contrariedades, pequeñas o grandes, son una ocasión para cerrar filas, para asociarse, para buscar complicidades en el entorno y establecer puentes de contacto.
Sal de vida, fuerza de movimiento
Muy a menudo, la contrariedad es tal que solitariamente no podemos plantarle cara, pero debidamente asociados y compenetrados, es posible reducir sus consecuencias. Las contrariedades son, en definitiva, la sal de la vida, la principal fuerza de movimiento. Cuando el viento sopla de cara, hay que correr con mayor potencia para mantener el mismo ritmo. No deseamos que sople, pero cuando lo hace, forzamos más los propios recursos y, consiguientemente, alcanzamos unos niveles de excelencia muy superiores. El fracaso es una contrariedad no esperada, algo que entraba dentro del campo de las probabilidades, pero cuando llega, frustra y amarga la existencia. El fracaso no es bien recibido, pero debidamente digerido puede llegar a ser la clave de futuros logros personales. En este sentido, el fracaso, pese a comportar una grave crisis, es, tal vez, la ocasión para un nuevo renacimiento, para una mirada más fina y una acción más precisa. El fracaso enseña a quien es capaz de ser humilde y reconocer su responsabilidad en el error.
Es un obstáculo, pero también es don, porque es una ocasión para crecer, para estimular la inteligencia

