El juego y el conocimiento
Conocer, a menudo, es como jugar. El juego tiene un valor intrínseco que se ordena con normas propias, las cuales hay que descubrir y comprender. Se rige en muchas ocasiones por la curiosidad. Obliga a descubrir sus mecanismos y a detenerse para observar su estructura interna. Pero, sobre todo, conocer es como jugar, porque lo importante es el proceso de descubrimiento, el trayecto que se realiza. Conocer en profundidad genera en la persona un placer insospechado: se disfruta con los pasos que se van dando, con el descubrimiento de las partes que la componen, con las combinaciones realizadas, con los aciertos que hemos tenido e intuido, con el resultado final, incluso con los errores que nos han hecho reír o reírnos. Disfrutar del proceso de la construcción del conocimiento debe ser una sensación positiva y placentera, y no una losa que se debe cargar inevitablemente. El que construye conocimiento disfruta imaginando, movido por el deseo de ver lo imaginado realizado. El proceso de imaginación conlleva recopilar piezas de saberes, relacionarlos, ordenarlos, contrastarlos, descubrir sus conexiones, argumentarlos y hacer síntesis finales. Es un proceso de juego a veces agotador, pero que fructifica en serendipias o hermosos procesos mentales e intelectuales. Si entendiéramos así la educación y no como una cadena de montaje de contenidos y conceptos, ¿no sería el juego el verdadero espacio de aprendizaje de nuestros escolares? ¿No estaríamos experimentando junto con ellos experiencias de pura “energía creadora” (decía Martín Buber) donde el conocimiento es ciertamente una experiencia bella y creativa que nos impulsa hacia los demás y hacia el futuro? La educación y su consecuente construcción del conocimiento es siempre juego y proceso interno, tránsito esforzado hacia otra situación, otra creación, otro diálogo.

