La loca de la casa
Decía santa Teresa que la imaginación es la “loca de la casa”. Señalaba que la imaginación en los procesos de pensamiento es un arma poderosa. Por un lado, puede estar activa de forma desbocada, hasta obsesionándonos con preocupaciones que no lo son tanto, o deformando la interpretación de los acontecimientos. La loca imaginación resuena en nuestro interior con fuerza, ruidosa, y nos llena de ideas y pensamientos, pero no ayuda a discernir. Teresa lo comparaba con las tablillas que golpeaban la rueda de molino, que haciendo un ruido continuo y fuerte recordaban que la molienda estaba en proceso. Pero la santa también sabía que había otra cara de la imaginación, la creativa, fundamental para los procesos de pensamiento. El golpeteo de la tablilla nos puede llevar a procesos de búsqueda, algo fundamental
en la escuela, si queremos que sea crítica y reflexiva. Esto lo explicaba muy bien Maxine Greene en el libro Liberar la imaginación (2005), donde describe tres procesos de la actividad imaginativa en educación: la capacidad de “crear posibilidades” a través de la curiosidad, los sueños y los deseos, la disponibilidad a dejarse iluminar y acoger las serendipias y la propensión de la imaginación a imaginar con otros y generar “comunidades en construcción”. La actividad imaginativa en educación favorece la posibilidad de crear mundos posibles, dejar que el alumnado pueda soñar lo que quiere ser y aprender a discernir en comunidad sobre ese futuro. Si solo nos centramos en los estándares y en los méritos del alumnado, estamos recortando lo que pueden llegar a ser, y estamos limitando su futuro, pues les obligamos a pensar de una manera homogénea a través de límites y prohibiciones. La imaginación nos pone en la situación de debatir con otros qué queremos ser y si todo vale en la construcción del ser adulto.

