¿Máquinas que toman decisiones?
Las máquinas, los algoritmos y los robots dotados de inteligencia artificial van, poco a poco, ocupando más espacio en nuestras vidas. Pero ¿una máquina puede ser ética y tomar decisiones éticas?
El desarrollo exponencial de la robótica y de la inteligencia artificial generativa que se está dando en los últimos tiempos plantea retos sociales y éticos de primer orden. Antes de nada, deberíamos preguntarnos: ¿por qué queremos crear máquinas éticas? ¿Estamos hablando de una posibilidad viable? Y, en caso de que lo sea, ¿es pertinente? ¿Una máquina puede ser ética o solo puede serlo una persona con plenitud de facultades? ¿Qué estamos diciendo cuando decimos que una máquina toma decisiones éticas? Parece a priori relevante que las máquinas sean capaces de resolver problemas éticos. Hasta el presente, siempre hemos pensado que solo los seres humanos somos capaces de resolver problemas de esa naturaleza.
Los comités de ética asistencial, por ejemplo, están entrenados en resolver casos dilemáticos que plantea la práctica del cuidar y curar en las instituciones sanitarias. Son órganos de deliberación que permiten a los profesionales hallar soluciones complejas a problemas complejos. ¿Podrían ser sustituidos estos órganos de deliberación ética por máquinas dotadas de inteligencia artificial debidamente equipadas con unos principios éticos y con un gran conocimiento de los datos de todos los actores implicados? ¿Serían más justas, más imparciales, más discretas que un grupo de personas reunidas?
Las máquinas, los algoritmos y los robots dotados de inteligencia artificial van, poco a poco, ocupando más espacio en nuestras vidas. Estamos paulatinamente delegando nuestra facultad de decidir en las máquinas. Existen robots en bolsa, por ejemplo, que toman decisiones que impactan en la economía, y algoritmos de internet que nos recomiendan vídeos o documentos en función de nuestras búsquedas personales. Pronto, artefactos dotados de inteligencia artificial propondrán diagnósticos médicos, conducirán nuestros vehículos, harán la guerra. Teniendo en cuenta el lugar que, progresivamente, ocupará la tecnología en nuestras vidas, parece crucial dotarlas con la capacidad de discernir el bien del mal, lo justo de lo que no lo es, lo equitativo de lo que no lo es.
La cuestión no es menor, ni irrelevante. En caso de que una operación de esta índole fuera posible, es lógico preguntarse qué sistema de ética debería integrarse en un robot bajo la forma algorítmica. ¿Es necesario partir de sistemas éticos elaborados en el pasado, o bien experimentar y ensayar otros nuevos? ¿Quién debe decidirlo?
Ética humanista
El ensayista francés Patrick Wotling explica que, según el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, el mundo humano es un laboratorio: el ser humano es como un ratón que está hecho para ensayar valores con el fin de ver cuáles de ellos están de acuerdo con la vida. Según el maestro de la sospecha por antonomasia, los valores que brotan del cristianismo están violentamente enfrentados a la afirmación de la vida, porque inspiran la moral de renuncia y la abnegación, el desprecio por esta existencia inmanente.
Según el autor de Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie, es necesario desarrollar un marco de valores que aliente al ser humano a trascenderse, a convertirse en plenamente autónomo, a liberarse de la joroba que lo tiene subyugado. Liberar al ser humano de todo lo que le tiene enajenado es, según Nietzsche, el deber de los verdaderos filósofos. ¿Qué sistema axiológico es necesario integrar en las máquinas dotadas de inteligencia artificial? Todo proceso de toma de decisiones se articula a partir de unos criterios que, de hecho, son implícitos, pero que determinan qué camino tomar cuando se encuentra en el cruce. Reflexionar sobre esta cuestión resulta clave en el presente y en el futuro. En este debate que se avecina, se impone la tarea de poder dar razón de una ética humanista inspirada en el Evangelio al servicio de la promoción de todo ser humano.
Parece crucial dotarlas con la capacidad de discernir el bien del mal,
lo justo de lo que no lo es

