La alteridad acogida

“Si bien es cierto que al otro lo percibo como diferente, igual de diferente me ve él, y para él yo soy el otro”. La alteridad nos inquieta, pero su acogida es indispensable por una sociedad de la fraternidad.

Acoger supone la aceptación de una existencia diferente a la propia que se nos pone en frente para dejarle espacio en el propio territorio, que no es solo geográfico, sino también mental y afectivo. Toda alteridad es inquietante porque nos abre un mundo desconocido, que empieza donde acabamos nosotros. Ante el otro incierto e ignoto, podemos reaccionar de maneras diferentes: ignorándolo, rechazándolo o interesándonos por él hasta el punto de dejarle paso e ir hacia él.

Cuando el otro nos es ajeno, proyectamos nuestros prejuicios y nuestros miedos, que son expresión del instinto de defensa ante lo que nos es desconocido. En tanto que ajeno, tememos que nos enajene, que nos prive o nos impida ser nosotros mismos si nos abrimos a quien nos perturba con su diferencia. En cambio, cuando recibimos al extraño como mensajero de una diferencia que nos complementa, se convierte en el alter que nos descentra de nosotros mismos, una alteridad benéfica e incluso liberadora porque nos saca de nuestro solipsismo, del peligro de quedar encerrados en nuestra particular y limitada visión del mundo. El otro es portador de un mundo que me es desconocido y que tendré que aprender a conocer y aceptar.

 

El encuentro a menudo no se produce desde la igualdad. En el acto de hospitalidad, es asimétrico

 

Ryszard Kapuściński, reportero de alteridades y escritor polaco, ha expresado que, “si bien es cierto que al otro lo percibo como diferente, igual de diferente me ve él, y para él yo soy el otro”. A lo largo de la historia de la humanidad, podemos distinguir tres etapas en el lento y progresivo encuentro con el otro, un recorrido que refleja tres actitudes en nuestro encuentro con el diferente:

  • La etapa o actitud tribal-aislacionista. Durante milenios, las comunidades humanas estuvieron encerradas en sus propios territorios. Sus referentes culturales y religiosos se gestaron como un todo completo y acabado al margen de los otros grupos. Cada grupo tenía su propio código y sus propios dioses que protegían de los otros dioses. En la mayoría de las culturas aborígenes, el nombre de la propia tribu coincide con el nombre del humano. Los que no pertenecen al propio grupo son, pues, considerados no humanos.
  • La etapa imperialista-colonialista. En un segundo período, se produce un movimiento expansivo, donde se va hacia el otro no como huésped, sino como conquistador. Estamos ante una identidad invasora que se apodera de las otras para incluirlas en su mundo. El huésped se ha transformado en invasor.
  • La etapa pluralista. A partir de la segunda mitad del siglo xx, con la abolición de los regímenes colonialistas de África y Asia, con el desarrollo de la técnica y de los medios de comunicación, a lo que hay que añadir la liberalización del mercado, hemos entrado aceleradamente en la llamada globalización o mundialización. El otro que antes estaba lejos ahora está en nuestras calles. Esto nos lleva a un aprendizaje de la reciprocidad, don- de somos huéspedes y anfitriones los unos de los otros.

Cultivar la acogida

Estas tres etapas no son sucesivas, sino que conviven en cada uno de nosotros y también en las culturas y en las comunidades religiosas. En la mentalidad tribal, el otro es negado; en la mentalidad imperialista, el otro es absorbido; en la mentalidad pluralista, el otro es reconocido. Por otra parte, el encuentro a menudo no se produce desde la igualdad. En el acto de hospitalidad, sobre todo en la acogida del inmigrante, el encuentro es asimétrico, desprotegido como se encuentra el recién llegado en tierra y lengua extrañas, a merced del país anfitrión, que puede acogerlo o no. Que se practique la hospitalidad no depende solo de las posibilidades materiales y de la generosidad, sino también de los prejuicios que genera el miedo a lo desconocido. La capacidad de acogida de un país es algo que hay que cultivar continuamente, tanto personal como colectivamente, de manera que la difícil alteridad se pueda convertir en camino de fraternidad.

 

Revista RyE   N.º 361-62   Junio-Julio 2022

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