Belleza, justicia y amor
Publicado en la revista en papel. Nº 336. Enero de 2020
¿Alguna vez has hecho el ejercicio de cerrar los ojos y visualizar aquellos rincones de tu colegio u obra social donde la gente charla y se reúne, o aquellos que están llenos de trastos viejos o los que no sabes muy bien para que están destinados? Si no lo has hecho, este es el momento. Andamos últimamente tan preocupados por los cambios educativos y tan perplejos por las transformaciones religiosas que no nos hemos dado cuenta de que tanto transmite el contenido como el continente. Porque el ser humano es expresión, es creatividad y es producción, y en esa exuberante generación constante de expresión visual también la educación se expresa.
La estética en la escuela no es un tema superficial, es una declaración de intenciones obre qué tipo de educación ofrecemos: acogida, encuentro, reconciliación, cuidado del otro, justicia, solidaridad. Son actitudes y sentimientos que favorecen y pueden dar lugar a experiencias vitales humanizantes, relacionadas con el mensaje de Jesús. La belleza de los lugares que habitamos colabora en la tarea de hacer visible la experiencia religiosa, pues experiencia estética y religiosa están íntimamente vinculadas. Cuando rediseñamos nuestros lugares de misión para lo bello, no lo estamos haciendo porque este año tengamos presupuesto. No, lo hacemos porque estamos rediseñando para el encuentro con Dios. Hacer la vida más bella es hacerla más justa, pues la belleza trabaja para reducir la fealdad de la injusticia. Ahí es donde quiere Dios que actuemos. La dejadez, el descuido, lo roto, lo “siempre estuvo allí” hablan de nuestro descuido en el cuidado de los otros. Un lugar de misión que se preocupa de los detalles y muestra la belleza del encuentro y la diversidad está mostrando la esencia de Dios: belleza, justicia y amor.
Porque la belleza es comunitaria como el cristianismo: siempre camina acompañada.

