Ética de la trazabilidad

El valor de la transparencia emerge con fuerza. La ciudadanía reclama a las organizaciones, tanto públicas como privadas, transparencia, claridad y rendición de cuentas.

Los ciudadanos desean conocer los entresijos de una organización, los criterios que se adoptan en la toma de decisiones, la coherencia con su misión, visión y valores y, especialmente, qué se hace con los recursos y cómo se gestiona el dinero en ella. Este anhelo de transparencia exige a las organizaciones trascender la opacidad y el secretismo y realizar  memorias anuales que expresen, con fidelidad, el estado real de la misma, sus logros, pero, también, sus contradicciones y sus fracasos.

La credibilidad de las organizaciones depende de este valor de la transparencia. Cuando el ciudadano observa que en ellas hay ocultación, secretismo y opacidad comunicativa, se instala la sospecha y hasta la suspicacia. En las organizaciones no gubernamentales, esta credibilidad es decisiva, pues el donante, el patrocinador o el socio exige  máxima transparencia, ya que  reclama saber qué se hace son su aportación y a quién sirve. El anhelo de transparencia abre las puertas a un nuevo concepto en ética de las organizaciones: la trazabilidad.

Se entiende por trazabilidad la descripción exhaustiva de la historia de un producto o servicio desde su génesis hasta su venta en el mercado. El ciudadano exige saber cómo se ha hecho, dónde se ha elaborado, en qué condiciones ha sido trabajado, cómo ha sido trasladado, si se han respetado los derechos de los trabajadores, si se ha contaminado el entorno. La trazabilidad es la historia del producto, desde la materia prima hasta la configuración final.

En el momento presente, el ciudadano se halla desprotegido cuando adquiere un producto en el mercado, pues no sabe ni cómo se ha hecho, ni dónde se fabricó la primera fase del citado producto, ni en qué condiciones laborales. Sin saberlo, puede ser cómplice de la explotación laboral, de la contaminación o, simplemente, de vulneración de derechos, pues, con su compra, legitima la viabilidad de un objeto de consumo cuya génesis desconoce.

La empresa puede contar la historia del producto, las fases de elaboración y puede, incluso, persuadir al consumidor de la ética de la trazabilidad, pero es necesaria una auditoria externa, una trazabilidad externa que dé cuenta del proceso, y ello solo puede elaborarlo un órgano autónomo y ajeno a los intereses mercantiles de la organización.

Trazabilidad colateral

Una ONG como Aldeas Infantiles SOS, por ejemplo, necesita productos, objetos, utensilios y  estructuras para poder desarrollar su misión. A la hora de proveerse de todos estos objetos, debe tratar de velar por que estos sean socialmente responsables, sostenibles y ecológicos, pues en el consumo de estos productos se pone en tela de juicio su coherencia institucional y su fidelidad a los valores que nutren y animan a la organización. Solo en la medida en que se disponga de una información de tales productos puede realmente garantizarse un consumo
responsable en la organización.

No puede tomarse como único criterio de compra el factor económico, aunque en algunos casos es decisivo y, especialmente, en contextos de crisis  económica, pero cómo se obtienen los recursos es fundamental en ética, así como los socios o compañeros que se tienen. Los productos que se manejan también se deben considerar a la hora de practicar con autenticidad los valores que se presentan socialmente. El consumidor debe saberlo y obrar con responsabilidad.

Consumir determinados productos es, simplemente, una irresponsabilidad por nuestra parte, pues no solo se legitima una mala práctica laboral, sino también una mala práctica medioambiental. Sin duda, se debe pedir a las autoridades políticas que exijan esta trazabilidad de los productos, para que el consumidor pueda tener una información exacta de la génesis y elaboración de un producto, aunque haya sido producido en distintos países.

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