Vaciar la vida para llenarla de amor
Publicado en la revista en papel. Nº 340. Mayo de 2020
Dice san Ignacio al final de la cuarta semana de sus ejercicios que la contemplación comienza en cuatro etapas: hacerse consciente de los dones recibidos por Dios; mirar cómo Dios habita en sus criaturas; valorar cómo Dios trabaja por nosotros a través de su creación; y darse cuenta de cómo todo ello es gratuito y el don de Dios infinito. En estos tiempos, no está de más volver a practicar la contemplación. Nos permite hacernos conscientes de que todo lo que llena nuestro día a día no es sino relleno de un tiempo centrado en muchos “yo”. No hay nada que pueda superar el amor gratuito de Dios. Ni un trabajo, ni un placer, ni una buena compañía. Todo eso son regalos de Dios.
Lástima que la contemplación no esté en los currículos. Mejoraríamos la capacidad de empatía hacia el otro y lo descubriríamos como don al que cuidar. La empatía es la capacidad de distinguir las diferencias del otro, respetando la heterogeneidad en la forma de vivir las cosas. Permite también descubrir qué preocupaciones hay detrás de las palabras, gestos y emociones de una persona. Multiplica nuestra relacionalidad, es decir, acoger lo que es diferente y, en ello, comprender lo que está sucediendo.
La contemplación y la empatía nos devuelven el derecho a ser tratados con respeto y dignidad. Vaciarnos de todo lo innecesario para poder concentrarnos en el otro y, así, dejar expresar los sentimientos y emociones sin que el otro sienta miedo de ser atropellado por otros. El ejercicio de la contemplación evita la invasión de la realidad del otro y promueve lazos de interdependencia que favorecen su cuidado. Así, se desarrolla una responsabilidad sobre la vida de los otros, compartiendo preocupaciones, trabajos y proyectos, que nos hace hablar más del “nosotros” y menos del “yo”.
Lástima que la contemplación y la empatía no estén en los currículos de educación.

