Identidad de la escuela católica

Unas primeras reacciones y comentarios al reciente documento La identidad de la escuela católica para una cultura del diálogo, de la Congregación para la Educación Católica.

En enero, la Congregación para la Educación Católica firmaba un documento titulado La identidad de la escuela católica para una cultura del diálogo. Su lectura sugiere dos motivaciones. Una primera apunta hacia una cierta actualización de la doctrina que la Iglesia ha marcado sobre la educación y la educación católica desde el Vaticano II, plasmada básicamente en Gravissimum educationis y en el documento La escuela católica. Esta actualización quiere tomar nota de las nuevas circunstancias que configuran el contexto de la actividad educativa (pluralidad interna en la escuela católica, presencia masiva de educadores católicos laicos, nuevo momento cultural), al tiempo que incorpora elementos del magisterio del papa Francisco. La segunda motivación parece partir de una preocupación por la calidad de la catolicidad de las escuelas de Iglesia, dejando claros cuáles son los mecanismos de validación y control de la propia Iglesia de cara a promover y salvaguardar la identidad de las que se proclaman católicas. En este segundo punto, no se plantean novedades, sino más bien un recuerdo de la legislación vigente, quizá no suficientemente asumida.

En el caso de la primera aportación del documento, se nos vuelve a proponer el eje central sobre el que debe girar la finalidad más profunda de la escuela católica: el encuentro fecundo de la razón y la fe en una creación cultural cuya transmisión a los alumnos los lleve a integrar la concepción cristiana de la realidad como su personal modo de estar en el mundo. Así sitúa el documento la finalidad de toda escuela: “para poderse definir escuela, una institución debe saber integrar la transmisión del patrimonio cultural y científico ya adquirido con la finalidad educativa primaria de los individuos, a los que hay que acompañar hacia un desarrollo integral respetando su libertad y vocación individual” (19). En el caso de la escuela católica, tiene una cualidad que determina su identidad específica: se trata de “su referencia a la concepción cristiana de la realidad lo que permite al creyente proyectar una mirada radicalmente nueva sobre toda la realidad, asegurando a la Iglesia una identidad siempre renovada, para fomentar en las comunidades escolares respuestas adecuadas a las cuestiones fundamentales” (20). Se trata de “ordenar toda la cultura humana según el mensaje de salvación, de suerte que quede iluminado por la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la vida y del hombre. De este modo, la escuela católica prepara a los alumnos para que ejerzan su libertad de forma responsable, formándolos en una actitud de apertura y solidaridad” (16). “En la escuela católica, además de las herramientas comunes a otras escuelas, la razón entra en diálogo con la fe” (20). “La catolicidad no puede atribuirse solo a ciertos ámbitos o a ciertas personas, como los momentos litúrgicos, espirituales o sociales, o a la función del capellán, de los profesores de religión o del director de la escuela” (69).

Siempre me ha llamado la atención que este discurso constante y nuclear de la jerarquía de la Iglesia señalando el encuentro de la fe y la cultura no aparezca con tanta claridad en las organizaciones de la escuela católica. Curiosamente, en el documento no aparece en ningún momento la palabra pastoral, y mucho menos la invitación a que nos convirtamos en una escuela en pastoral. Los tiros no van por ahí. El documento nos invita a no relegar la identidad católica a aquellos elementos más confesionales. La pastoral no es ni la justificación ni el fin de la escuela católica. Su identidad más específica se sitúa en la transformación que la fe provoca en eso que llamamos cultura. Se nos invita a huir de la falsa dicotomía entre enseñanza y educación precisamente porque el lugar privilegiado de la educación católica es la cultura que se transmite: en el proyecto educativo de la escuela católica no existe, por tanto, separación entre momentos de aprendizaje y momentos de educación, entre momentos del concepto y momentos de la sabiduría. Cada disciplina no presenta solo un saber que adquirir, sino también valores que asimilar y verdades que descubrir (23). Creo que ya es hora de que tomemos nota.

Precisamente, el lugar privilegiado de la educación católica
es la cultura que se transmite

Revista RyE   N.º 360   Mayo 2022
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