Ni menús infantiles ni misas de niños
En el que se plantean diferentes reflexiones en torno a la pretendida centralidad del niño en las propuestas educativas que estamos desarrollando
Siempre me ha llamado la atención la propuesta de “menú infantil” que a menudo se ofrece en los restaurantes. Suelo echarles una ojeada y compruebo que no es más que una reiteración de los alimentos típicos bien aceptados en general por los niños. Interpreto entonces que el niño que va a ese restaurante no va a iniciarse en comidas distintas, sino a experimentar lo que ya conoce. Mientras, los padres quizá hayan acudido por comodidad o porque quieren disfrutar de manjares distintos a los que ellos mismos puedan cocinar. El resultado es que al niño no se le proporciona una nueva experiencia, no se le inicia en nada nuevo. Podríamos decir que esta práctica obedece a ese criterio tan extendido de que hay que ofrecerle al niño lo que encaje con sus deseos y adaptar las propuestas a su realidad, a su entorno, una especie de concreción de aquella máxima de “poner al niño en el centro”. De nuevo es el mundo de los adultos el que se adapta a las pretendidas necesidades del niño. Estas dinámicas educativas rompen con un principio fundamental de la mejor pedagogía, que tiene que ver con los procesos de iniciación e incorporación. En efecto, la auténtica educación pretende llevar al educando a terrenos ignotos para descubrirle nuevos ámbitos experienciales. Si un niño va a un restaurante donde su especialidad es el pescado, lo sensato es que el niño se inicie en el consumo de pescado. Si optamos por el menú infantil, solo le ofrecemos una experiencia gastronómica redundante. Esta práctica es una manifestación más de una cierta “infantolatría” en la que estamos instalados: el protagonista, en tanto que decide, es el niño. Con este planteamiento, estamos evitando la apertura del niño a nuevos ámbitos experienciales a los que solo se puede acceder por procesos de iniciación y de posterior incorporación.
Hace muy poco tuve una conversación con unos padres de familia y, entre sus inquietudes, figuraba la dificultad que encuentran para que sus hijos se integren en la eucaristía. En ese contexto, algunos reclamaban eucaristías en las que los protagonistas fueran los niños por medio de una amplia participación en moniciones, cantos e incluso lecturas. Este debate entorno a las “misas de niños” me recuerda a la práctica de las “misas de niños”. Como en otros casos, se cae incluso en la tentación de afirmar que hay que dar protagonismo a los niños. No niego la buena voluntad de estas familias, pero me resisto a compartir esa estratega. De entrada, el único protagonista de la eucaristía es el memorial de Jesús de la muerte y resurrección de Jesús celebrado y vivido en una comunidad real. Por tanto, no se trata de “adaptar” la eucaristía a los niños, sino celebrarla de manera tal que niños y jóvenes tengan la oportunidad de iniciarse en el misterio y la profundidad de la celebración. Si un niño no sabe leer bien, no tiene ningún sentido que lea la palabra de Dios. Las familias que deseen que sus hijos se incorporen a la celebración de la eucaristía deberían, en primer lugar, poner en pie una celebración profunda y auténtica para ellas mismas. Y a partir de esa experiencia personal profunda ir explicando y comunicando a sus hijos el enorme calado de lo que viven. He visto eucaristías “de niños” en las que los padres se retiran a los bancos de atrás como espectadores, mientras todo se desarrolla de cara a unos niños que ocupan los primeros bancos. La percepción de los niños es clara: la eucaristía es algo de niños y para los niños, por tanto, una vez se pase a la vida joven a o adulta, se dejará atrás. Sé que lo que estoy planteando requiere una explicitación más concreta en el cómo. Solo pretendo promover la inquietud en la seguridad de que los cómos siempre se encuentran cuando se ha establecido en profundidad cuál es el qué. Hay caminos posibles para que cuando los niños acudan a la celebración de la eucaristía de una comunidad vital y real perciban en primer lugar el impacto de una experiencia que no producen ellos con sus acciones o participación sino que está ahí vivida por la comunidad plural y frente a la cual experimentan el deseo de estar más allá de sus niveles de comprensión. No hay misas de niños, solo eucaristías de la comunidad.
Con este planteamiento, estamos evitando la apertura a nuevos ámbitos experienciales

