La batalla por la visibilidad
Una lucha de todos contra todos, por una visibilidad en la esfera digital sin la cual parece que el individuo está condenado a no existir. La opción libre por la invisibilidad es extraña, contracultural.
Lo que no se hace visible en la esfera digital no existe para los demás y, si no existe, carece de relevancia alguna. Todos los actores de este gran océano digital desean hacerse visibles, romper con la indiferencia de los demás internautas, atraer sus miradas, ser notorios para sumar likes. Esta batalla por la visibilidad es agotadora, porque uno compite con todo el mundo. Es, para decirlo con Charles Darwin (1809-1882), la lucha de todos contra todos.
Los más poderosos consiguen tener más visibilidad y se hacen machaconamente presentes para que no les olvidemos y compremos los productos que publicitan. Aparecen por doquier y a todas horas. No podemos librarnos de ellos. Cuando navegamos por la red, siempre están ahí ofreciendo algo. Los más humildes intentan captar la atención haciendo piruetas imposibles en el gran mar digital. Lo tienen más complicado y deben alzar la voz para hacerse escuchar. A veces, incluso sucumben al histrionismo y al ridículo, con tal de dar la nota y ser objeto de referencias, aunque sean negativas.
La opción libre por la invisibilidad es extraña y contracultural en nuestro tiempo. No significa que no exista, pero tiene un valor testimonial, casi marginal. Querer pasar desapercibido no se destila, pues la opción por la invisibilidad digital cierra todo tipo de puertas comerciales y sociales. Por eso es algo muy excepcional. Lo que abunda es lo opuesto: la tendencia a la visibilidad y a mantenerse como objeto de miradas ajenas el máximo tiempo posible. Todos los actores del gran teatro del mundo desean vender algo: tangible o intangible, caro o barato, fungible o no fungible; desean emitir un mensaje en el foro global. La consecuencia de ello es que se produce una desproporción entre emisores y receptores. Muchos ciudadanos emiten mensajes, pero pocos están dispuestos a recibir. En ocasiones, la recepción es materialmente imposible, porque el receptor está tan saturado que el receptáculo rebasa por todos los lados y no puede auscultar un nuevo mensaje, ni procesar una nueva oferta. La escucha requiere de tiempo, y el tiempo es un bien extraño en la sociedad cinética. Emitir luce; escuchar no aporta valor desde la lógica del sistema. La hipervisibilidad conduce a la hipersaturación mental y emocional. Por consiguiente, si el internauta no se vacía de sí mismo, si no se libera de esa basura digital que consume diariamente, no puede recibir nuevos inputs, ni procesar nueva información.
La consecuencia de tal galimatías es que muchos evocan mensajes sin obtener respuesta, sin reciprocidad alguna, y eso genera frustración, porque, si no aparecen, se difuminan velozmente en la estratosfera digital y son pasto del olvido. Ser invisible es casi sinónimo de ser un fracasado. Ser visible, en cambio, independientemente de la causa, se relaciona con el éxito.
La red se convierte en una verdadera fábrica
de identidades virtuales ficticias
La positividad como actitud
Como señala lúcidamente el filósofo coreano, Byung Chul Han, se está imponiendo la positividad como actitud, lo que se ha venido a llamar, de un modo un tanto frívolo, el pensamiento positivo. Aunque el mundo se caiga a trozos, aunque gran parte de las instituciones sociales, políticas, culturales, religiosas y educativas se desmoronen, aunque el cataclismo ecológico esté más cerca que nunca, es imprescindible aparentar una imagen de felicidad, de optimismo, de positividad, pues nadie compra lo que denota desgracia. La red se convierte, de este modo, en una verdadera fábrica de identidades virtuales ficticias, desgajadas de la realidad. Lo que uno proyecta de sí mismo o de la organización que lidera está muy lejos de ser lo que realmente ocurre en el fondo de uno mismo o de la corporación donde está. El chasis es lo que más preocupa, por eso hay que pulirlo y abrillantarlo, pues debe atraer todas las miradas. Los sufrimientos que se cuecen en el adentro se deben ocultar, pero ello no significa que desaparezcan.

