¿Somos la peste?
Las redes sociales y los medios de comunicación se han convertido en nidos dogmáticos y autorreferenciales, en los que proliferan teorías e ideologías ecofascistas.
Estamos asistiendo a una creciente proliferación de teorías ecofascistas que se benefician del sostenimiento de los grandes medios de comunicación, especialmente de las redes sociales. Las redes, contrariamente a lo que parecen, se están convirtiendo en un importante arma contra la capacidad de comprensión de la realidad. En lugar de facilitar la comunicación y la interacción entre comunidades culturales distintas, incentivan el repliegue en el propio discurso. Se produce una tendencia a los círculos cerrados. Los defensores de una teoría se atrincheran en las mismas barricadas y extrañamente se disponen a mantener un diálogo racional con posiciones filosóficas y políticas contrarias.
Las redes sociales no han potenciado el proceso de ilustración radical que necesitamos, el uso público de la razón y la emancipación de prejuicios, de tópicos y de supersticiones, sino que operan en sentido contrario y se convierten en nidos dogmáticos y autorreferenciales. La red debería ser un ámbito para poder articular un diálogo abierto, sin límites, más allá de las fronteras territoriales y temporales, un diálogo que hiciera posible la interacción entre religiones, pueblos, comunidades nacionales, disciplinas distintas y posiciones filosóficas enfrentadas. Contrariamente a esto, se hace un uso partidista y sectario, de tal manera que el abismo entre unos y otros se agranda y también la visión maniquea de la realidad.
Esta colonización de los espíritus es un elemento fundamental para el mantenimiento de la situación de profunda injusticia social y de degradación de la humanidad y el planeta. Es esta la razón por la que se repite, hasta el infinito, la hipótesis acientífica según la cual el ser humano es perverso por naturaleza, o bien los seres humanos son la peste, con lo cual no tenemos solución alguna. El apocalipsis está cada día más cerca. En lugar de denunciar la responsabilidad del sistema socioeconómico neoliberal de la degradación del trabajo y de la devastación de la naturaleza, el ecofascismo siembra la confusión para que no sean identificadas las responsabilidades concretas de tanta barbarie. Según las teorías malthusianas, es necesario eliminar el mayor número de seres humanos posible, para que así el planeta sea salvado. Hay que promover el imperialismo más racista, neocolonial y depredador que pueda imaginarse.
He aquí la culminación del cinismo. A nuestro entender, las teorías eugenésicas pretenden suplantar la toma de conciencia sobre la realidad que nos aqueja. La peste, para el planeta, no son los millones de pequeños ciudadanos y de indígenas empobrecidos por las multinacionales mineras y agroindustriales, tampoco son los trabajadores. La visión destructiva de la especie humana es una enmienda a la totalidad, una forma de disolver responsabilidades concretas en la creación del mal. Sin embargo, el ser humano, como dice Lluís Duch en su obra antropológica, no es ni bueno ni malo por naturaleza, sino, simplemente, ambiguo.
La peste: el sistema neoliberal
No somos la peste. La peste es el estamento que explota y su sistema basado en la perversa lógica del neoliberalismo globalizado quien tiene una clara intención: alcanzar el máximo beneficio con el menor coste posible. La peste es el capitalismo globalizado, un sistema en el que la salud es concebida como una simple mercancía. La peste no es la humanidad en genérico, sino un sistema que promete (a través de los medios de comunicación, propiedad de los grandes capitalistas) el consumismo parasitario; que permite el crimen de la obsolescencia programada (el envejecimiento prematuro de las máquinas programado desde su producción, para forzar así a comprar otras).
La dictadura del capital impone cualquier aberración a fin de acumular fortunas. La peste es un sistema donde los medios de producción están en pocas manos privadas y se despliegan por el mundo sin ningún tipo de regulación fiscal.
El ser humano no es ni bueno ni malo por naturaleza, sino, simplemente, ambiguo

