Aprender a desaprender
Desde que nacemos, estamos aprendiendo. El aprendizaje se desarrolla a través de la reacción personal a los estímulos externos. Aprendemos por observación, por imitación y por influencia del entorno. Partimos, decía Gadamer, de unos prejuicios. Cuando llegan nuevos estímulos, los acogemos, los comparamos con lo ya conocido y elaboramos una serie relaciones nuevas que se añaden o remplazan a los conocimientos anteriores. El mundo se va ampliando si los estímulos conectan por semejanza o contraste con lo conocido, a la vez que provocan nuevas preguntas y una reflexión más profunda sobre el porqué de las cosas. Cuando este proceso se desencadena frecuentemente solo dentro del ámbito de lo conocido, entonces el aprendizaje se estanca, pues los prejuicios, hasta entonces en continua interacción, se consolidan como centro de sentido. En determinados momentos, y a lo largo de los muchos años de escuela, es importante introducir procesos de desaprendizaje de los propios prejuicios. En esto Bell Hooks da un paso más que Gadamer, pues subraya la importancia en la educación de hacerse consciente de que mis prejuicios no son la “normalidad” sino, simplemente, mi punto de partida. La escritora insiste en que la función de la educación es aprender a descolonizar la mente y el corazón, es decir, entender que el sentido del mundo no parte de Occidente, sino que existe una realidad más compleja de vivencias y formas de pensamiento a la que estamos llamados a acoger y disfrutar. La descolonización de la educación parte de aprender a ejercitar la conciencia plena, la comprensión y la compasión sobre lo que recibimos diverso y extraño, o incluso contrario, a lo que pensamos y sentimos, para poner nuestras nuevas ideas, teorías y formas de conocimiento al servicio de una mejor vida para todos.

